
Y el oro de sus cuerpos, 1901 – PAUL GAUGUIN
La palabra es una azucena herida
que florece en la esquina inmaculada
de tu cintura, justo en el límite vertical
donde se mezclan el humo y la niebla,
entre las miradas trémulas y la blasfemia.
La palabra es un polinomio estéril
suspendido de un hilo que se descuelga
hasta la sima de tu sexo desnudo,
donde se encarna la verdad inmutable
que siempre muere al borde de tu aliento.
La palabra es el cáliz eterno
que guarda el bálsamo
donde la vida se hace fértil,
la palabra es el sagrario
en el que se custodia el silencio.